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Noviembre sin violencia: La violencia simbólica (I)

El próximo 25 de noviembre es el Día Internacional por la Erradicación de la Violencia contra las Mujeres. Desde el área de Mujer de IU Burgos hoy comenzamos nuestra campaña de sensibilización y visibilización de esta lacra social que se extiende por todos los lugares del planeta.

Nuestro objetivo es el de hacer un ejercicio de reflexión en torno a los distintos tipos de violencia que hay en nuestro país, entendiendo que no son sólo el escalofriante número de 42 asesinadas este año a manos de sus parejas lo que nos alerta sobre la violencia, sino que formas mucho más silenciosas, menos conocidas por la sociedad o simplemente, invisibilizadas por la estructura machista en que vivimos son también violencia contra nosotras.

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La entrada de hoy quiere arrojar un poco de luz sobre uno de los tipos de violencia de los que nunca se habla: la violencia simbólica. ¿Qué entendemos por violencia simbólica? La ejercida por el dominante (en este caso, la sociedad machista) sobre la dominada (las mujeres) de un modo indirecto, a través de la cultura, los medios de comunicación, las aptitudes y actuaciones de la vida cotidiana etc. El concepto de violencia simbólica nos pone de relieve que la violencia comienza en las raíces más profundas de nuestra educación y nuestra cultura mediante la asimilación de ciertos roles y estereotipos.

El sociólogo francés Pierre Bordieu, quien acuñó este término de violencia simbólica dice lo siguiente: «la dominación masculina, que hace de la mujer un objeto simbólico, cuyo ser es un ser-percibido, tiene el efecto de colocar a las mujeres es un estado permanente de inseguridad corporal o, mejor dicho, de alienación simbólica.« (De «La dominación masculina» Pierre Bordieu)

Esta violencia es la más invisible puesto que durante siglos las estructuras patriarcales se han encargado de naturalizarla: tanto mujeres como hombres vemos como algo lógico, natural estas relaciones de poder perversas que nos encasillan en determinados roles y nos alienan, nos convierten en seres humanos desprovistos de nuestras particularidades y nos sitúan como seres esenciales. Y es que no hay nada más violento a nivel simbólico que hablar de una supuesta «esencialidad femenina»

Por lo tanto, tenemos que comenzar a analizar las estructuras de violencia, no sólo sobre aquellas que suponen directamente una agresión física o psíquica. La violencia comienza cuando en nuestro televisores vemos niñas hipersexualizadas o en anuncios publicitarios a super mamás estresadas y alienadas. Comienza en las películas de amores románticos donde el papel de la mujer es siempre de desvalida o Barbie (Barbie, la cúspide de la violencia simbólica en nuestra sociedad de mujeres de cuerpo 10) y el del hombre de valiente salvador. Son los chistes que denigran a las mujeres; las modelos hiperdelgadas a golpe de dieta y laxantes que nos etiquetan en un ideal de mujer imposible; el comentario salido de tono sobre tu culo al pasar por la calle. Es el «mamá deja su trabajo para cuidarme y papá trae el dinero a casa». Es infravalorar el trabajo doméstico. Es la obligación social de ser madres para ser seres completos. Es la invisibilización de las mujeres deportistas de élite, de las músicas, de las cineastas, de las poetisas: arrancar de la cultura a la mitad de la humanidad en aras de seguir construyendo una sociedad patriarcal.

Los ejemplos son cientos, innumerables, y en cada ejemplo una tragedia cotidiana para las mujeres que día a día vivimos en estas situaciones que atentan contra nuestra dignidad como personas, que nos humillan. Si queremos una sociedad verdaderamente igualitaria el trabajo empieza en cada una y cada uno de nosotros, desterrando de nuestras vidas cotidianas las asimilación de roles, educando a nuestras hijas e hijos fuera de los estereotipos, reflexionando sobre nuestra cultura y nuestras vidas concretas.

La violencia física no puede ser erradicada mientras no eliminemos la violencia simbólica. Para ello no sirven las leyes ni las acciones positivas únicamente, el único camino es educar, educar, educar, desde una posición de igualdad de género que nos convierta en mujeres y hombres realmente libres. 

 

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